sábado, 8 de noviembre de 2008

Reflexión del concepto de urbanismo

Basado en: Ragon, Michel. Historia Mundial de la Arquitectura y el Urbanismo Modernos. Tomo I. Ideologías y Pioneros 1800-1900, Destino, Barcelona, 1979.

Pocos historiadores pueden ser tan didácticos y profundos en escribir de arquitectura y urbanismo como lo es Michel Ragon. Trece años de incesante investigación y discusiones con los maestros: Le Corbusier, Gropius, Mies, Le Recolais, Lods y Wogensky y sigue considerándose en la categoría de estudiante. ¡Qué ejemplo!

¿Qué se puede entender por urbanismo? Le Corbusier le indica que arquitectura y urbanismo son indisociables: la ideología urbanística cesa de ser una utopía cuando se encarna en un conjunto de edificios y de “vacíos” que constituyen la ciudad. El Diccionario de la Real Academia Española de 1956 define el urbanismo como un “conjunto de conocimientos que se refieren al estudio de la creación, desarrollo, reforma y progreso de los poblados en orden a las necesidades de la vida urbana”, pero da lo mismo, porque la vida precede al nombre. Ya Vitruvio, sin saberlo, habla del orden de los edificios en la “urbs” (ciudad) en su compilación de Arquitectura cuatro siglos antes de Cristo. Es más, en el curso de la historia de la humanidad, la ciudad crece espontáneamente como un organismo vivo, otras han sido trazadas “ex novo”; unas sobreviven inmersas en su aparente caos, otras se han extinguido.

Ciertamente el Iluminismo del siglo XVIII trae consigo una mirada nueva de la ciudad, orgánica, corpórea; continuamente creciendo y enfermándose, necesitada de sangrías, enemas y cirugías que le den un orden, el de la razón. Pierre Lavedan, profesor de la Sorbona y urbanista en 1977 (1), sostendría que la historia de las ciudades en el siglo XIX es la de una enfermedad. Ragon dice que actualmente es la historia de los medicamentos para salvar a un moribundo. El salto de “enfermedad” a “medicamento” lo es como de “síntoma” a “diagnóstico”.

Tres son los síntomas del enfermo: superpoblación, trasporte e higiene; dos los diagnósticos: nacimiento del proletariado urbano y la crisis de la vivienda. Allí tenemos al barón de Haussman – urbanista cirujano – que corta París en ángulos rectos para sanearla y rechazar a los miserables hacia la periferia, siempre tan propensos a la insubordinación, puntos neurálgicos hacia los cuales hay que llegar en la distancia más corta: una línea.

El masivo traslado de hombres de campo buscando esperanza alguna de las grandes fábricas citadinas es un fenómeno que bien supieron aprovechar los políticos de la época, por decirlo así, los primeros urbanistas. Franceses e ingleses catalogados como utópicos: Fourier, Considérant, Cabet y Owen aprenden que el socialismo del siglo XIX es a la vez producto y antídoto. ¿Qué es la ciudad radiante de Le Corbusier sino el sueño falansteriano de Fourier?, ¿qué es la intervención del barón de Haussman sino la ciudad ideal de Cabet?

Los emigrantes y bolsones de miseria pegados a las murallas invisibles de las nuevas urbes industriales acuden religiosamente a la construcción de las nuevas catedrales modernas: los rascacielos. Es la era del hormigón armado, del cristal y el acero, del ingeniero como arquitecto y la función como norma. Los arquitectos seguían plagiando del renacimiento un arte sin espíritu para una burguesía decadente.

En este clima, la cultura convulsiona, el arte, individuo y la sociedad buscan nuevos asideros. El modern style se opone a la idolatría tecnológica. Pintores y escultores proclaman panfletos revolucionarios. El urbanismo reacciona con la ciudad lineal de Soria y Mata, la motorizada de Tony Garnier y la escuela alemana de diseño Bauhaus, liderada por Gropius, abre sus puertas.

El historiador encuentra serias dificultades para organizar este periodo plagado de opuestos y contradicciones. Los elogios al funcionalismo y la estética de la máquina terminan con la aplicación del maestro del mismo - Le Corbusier - con la capilla de Ronchamp (1954), formal y contextual: un hereje de su propia religión. Nicolás Pevsner publica su libro “Pioneers of modern design” (1936) invitando posteriormente que otro autor rehiciera su libro desarrollando tesis completamente opuestas. El principio filosófico de la no contradicción ontológica, ser y no ser a la vez, es una verdad exigua puesto que lo real… depende de cada persona (3). Hegel en el siglo XIX ya escribía: “La arquitectura no saca su belleza de la utilidad. Un edificio lleva en sí mismo su propio significado, en lugar de venirle dado por una necesidad exterior” (4).

Ante lo subjetivo, la prevalencia de lo abstracto por sobre lo real, el urbanismo que intenta responder al advenimiento del proletariado con caricaturas de ciudades: grandes bloques de viviendas ordenados militarmente con super carreteras. “Función”, “higiene”, “utilidad”… “flatus vocis”, cuestión de nombres diría Ockham (5) para definir una realidad que siempre ha estado allí, esperando ser redescubierta y no re inventada.

Notas:
(1) Lavedan, Pierre. HISTOIRE DE PARIS. Presses Universitaires de France, París, 1977.
(2) Plan de Haussman para París: 1853-1869
(3) Manifiesto de fundación del movimiento artístico Die Brücke, Alemania, 1905.
(4) G.W.F. Hegel. Lecciones sobre la Estética. Akal, arte y estética, Madrid, 2007.
(5) Filósofo inglés de 1280/1288 – 1349. Padre del “nominalismo”: la esencia es una sola, los nombres son “invenciones” de nuestro entendimiento.